Crónicas australianas [7]

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Sentir nostalgia por dejar atrás un país en el que has vivido apenas un mes es una sensación nueva, pero poderosa. ¿Qué es lo que me hacía sentir tristeza al subir a un avión en Sydney con destino a Auckland, NZ? Mis ojos, creo, se habían acostumbrado a una mirada, a unos olores, al trino raro y distintivo de los pájaros al amanecer, a la inmensidad de todo, a la palabra Australia. Y así, refunfuñando del madrugón con Quantas, de tener que dejar una maleta en un hotel al que prometí que volvería a por ella, puse el puñado de encanto que encontré en los bolsillos de mis vaqueros y subí al séptimo vuelo de mi itinerario.

Me encanta el despegar de los aviones. Cuando ya enfilados en pista aprietan la velocidad y corren pista adelante hasta levantar el pico y meter las patas, yo también me convierto en pájaro. Ese ruido acelerado de los motores empuja al tiempo y al corazón. Coloca las perspectivas más en el cielo que en la tierra, y reduce la realidad a una cabina de avión. Y así fui dejando en cada nube a Canberra, a Melbourne, a Adelaide, a Alice Springs, a Urulu. Al alcanzar los 30.000 pies de altura ya sabía que no fui turista en aquel continente y me alegré de cuanto aún tendría que aprender, de las tres cuartas partes de aquel país que me ofrecía la profundidad de la nostalgia.

El no haber tenido mucho tiempo para preparar Nueva Zelanda supuso tener que hacer mentalmente las listas de los pasos por delante. Por ejemplo, cambiar dinero al llegar a Auckland, pero dejar el australiano para el regreso el día 8. ¿Cuál es el cambio respecto al dólar? ¿Aceptaría el taxista dólares USA? ¿Dónde había puesto el nombre del hotel al que íbamos? ¿Por qué no se había puesto en contacto con nosotras el agente del tour que habíamos contratado? Y efectivamente un viaje tan largo y con tantos cambios como el nuestro, exige de una gran meticulosidad para no equivocarse de día, de avión, de ciudad, de hotel o de destino. Esto del turismo no puede tomarse a la ligera ni es para corazones flacos. Pero la verdad es que siempre hay un remedio en esos momentos en los que todo te preocupa y no puedes hacer nada. Y es tomarse una siesta. Lo cual hicimos, porque además estábamos muertas de cansancio.

Yo que no suelo recordar nada de lo que sueño, se que estuve en esas cuatro horas de vuelo poniendo en un lugar de honor al cielo estrellado de Kata Jutna National Park. La estrella del sur y los mil millones de estrellas de aquella noche en Urulu, fueron colocándose en cada poro de mi piel hasta formar una nueva constelación en el universo, la de la “infinita pequeñez consciente”.

Y el aterrizaje, no me ha despertado del todo.
Ni quiero.