Crónicas australianas [6]

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Nuestra vida transcurre sobre una cinta movediza que va en dirección paralela a la de los ciudadanos de los lugares por los que pasamos. Como en los aeropuertos, los vemos venir y pasar a nuestro lado, siempre más deprisa que nosotras, muchos con cables en sus oídos y la vida de a diario colgando a su espalda. Pero nunca nos cruzamos. Los viajeros traemos la mirada sorprendida de contrastes, ellos la llevan asimilada a la monotonía de sus días. Nuestros pies son lentos, conscientes de que no regresarán a aquellas calles quizás nunca, y sus prisas tropiezan con la torpeza de nuestra foto, la extensión de nuestro mapa abierto en una esquina, o la mochila de lo imprescindible para una nueva aventura en cualquier ciudad. Los turistas nos convertimos en otra clase de ser humano, uno que contrasta, por la novedad de lo que siente, con todos los que lo rodean.

Recuerdo que cuando era niña, viviendo en una ciudad que siempre fue turística, la gente que iba de paso contrastaba por mucho más que por entorpecer la fluidez del tráfico en la acera. Sus ropas eran diferentes (siempre colores más claros a cualquier edad), sus zapatos, sus bolsas, sus sombreros, sus cámaras. Podías distinguirlos a tres calles de distancia. Eso ya no existe. Nada nos distingue de un país a otro. Tampoco los restaurantes, ni las tiendas, ni los objetos que se exhiben en ellas. Quizás en algún tiempo también todos los seres humanos nos habremos unido en un solo color, con unas mismas características físicas, con un mismo segundo idioma. Y ni siquiera creo estar hablando de ciencia ficción.

Despertar-2Pero la geografía su flora y fauna, permanecen ancladas a un rincón del planeta y de ahí que nos metamos en aviones por 20 horas hasta llegar a ellas. Los últimos días trajeron multitud de contrastes a nuestra experiencia. Por supuesto dejamos las ciudades de la costa y nos metimos tierra adentro para “experimentar” este desierto.

Las novedades:

Arena roja, rojísima
Mil tipos de pájaros distintos
Canguros, por supuesto
Las manadas de camellos salvajes
Los muchos caballos nómadas
Los insectos novedosos
Las plantas que sobreviven casi sin agua
Un calor como Arizona en agosto– y otros lugares parecidos- pero más
Moscas en bandadas que acuden a las partes húmedas de tu cara, ojos, labios…..
Una serpiente pitón enamorada de mis piés
Los dingoes (perros/lobos….. una feroz mezcla)
Toda la cultura de los aborígenes
El maravilloso arte de la culta aborigen.

Arena: Recordé las dunas de Marruecos.

Pájaros: La longitud de sus alas, los colores de sus plumas pero sobretodo su canto. Ir a dormir o despertarme con un trino que no reconocía. Salir al balcón o la terracita de la habitación de hotel y tratar de hablar con ellos….(aprendí de pequeña a imitar a nuestro canario –se llamaba Caruso- y ahora lo hago amigo a través de mi silbido con cuanto pájaro encuentro en el universo). A veces callan al oírme. Por unos segundos el silencio nos comunica. Y luego ellos preguntan con un tímido silbido , y yo con otro, y así reconocemos nuestra existencia.

Canguros: Siempre he creído que ser madre era la más generosa expresión de la vida. Mi profundo amor por la mía, mi admiración por todas las que lo saben hacer bien es sincero. Pero ver a una madre cangura llevar en su bolsa a su cangurito, es una observación de la más alta abnegación. ¿Qué sería de las mujeres si una vez que han dado a luz tuvieran que llevar a su hijito colgando físicamente de su cuerpo? Ya se que casi es así en la realidad, pero ¡físicamente parte de su cuerpo!. El cangurito que vimos tenía que sacar las patas junto a su cabeza de la bolsa porque no le cabían. Y la madre casi iba pegada al suelo. He sacado unas fotos que explicarán esto mucho mejor que yo. ¡Me hubiera gustado regalarle un carrito a esa Sra. Cangura!

Camellos salvajes. Vimos aquí una película basada en la experiencia real de una joven australiana que se retó así misma a atravesar el desierto sola, acompañada de tres camellos. La película se llama TRACKS, y he visto el libro hermosísimo que publicó al final de su trayecto. Es una película que recomiendo a quien quiera conocer este desierto. Pude comprender a través de ella el gran problema que han supuesto y aún ahora suponen -incluso después de la masacre- los camellos salvajes. Van en manadas y pueden atacar y matar. Fueron introducidos como animales de carga pero se reprodujeron de tal manera que llegaron a ser epidemia. El gobierno australiano hace unos años tuvo que mandar helicópteros y eliminar disparando desde el aire a las manadas más grandes.

Igual pasa con los caballos, aunque al parecer hay menos.

Insectos y plantas y calor. El ecosistema funciona. Con todo tipo de animalitos que alimentan a otros animalitos…y así va la vida. Yo procuro estudiarlos en los mapas y libros. ¡No es mi asignatura pendiente!

Pero las plantas hay que fotografiarlas. Lo visual me está costando tiempo prepararlo. Lo maravilloso es ver la fuerza de la vida, no importa cuales sean las condiciones. Ejemplos de esas dificultades las tenemos a miles entre los seres humanos del planeta. ¿Cómo sobreviven familias aplastados por la guerra, el ébola, el terror religioso, la dictadura política, el hambre? Y en esas condiciones aún hay niños que ríen por las calles, y madres que besan a sus hijos. Sí la vida en la tierra, ya sean plantas, animales o seres humanos, está acondicionada para la sobrevivencia.

Moscas. Tantas y tan tenaces que en cada tuenda te venden unas mosquiteras que llevas bajo el sombrero para cubrirte la cara. La otra opción es ir dando manotazos a derecha e izquierda ¡cuánto hubiera dado yo aquí por uno de esos hermosos abanicos tan típicos ellos de mi propia cultura!

Serpientes. Pues es lógico que las haya…pero tan cerca…. El caso es que observaba a los dingoes que estaban protegidos por una verja de hierro (¿o éramos nosotros de ellos?). El caso es que el guía de repente tiró de mí hacia atrás lo que ya me puso ascuas, pero el susto real fue ver a una serpientaza a un metro de mis pies. Salía por debajo de la verja de hierro, donde quizás se resguardaba para sentir mejor el calor.

Todo cuestión de segundos. Afortunadamente estoy aquí contándolo, aunque al parecer las Pitón solo dan miedo.

Dingoes. Son guapos, esbeltos y aquellos miraban con ojos de buenos. Una mezcla de perro y lobo que tampoco querría encontrar fuera de aquella verja. Pero pienso en los perros que he tenido en la vida y la alegría inmensa que sentíamos los dos con cada reencuentro al final del día….sí nos adaptamos. Me pregunto cómo surgió en ellos (los perros) ese inamovible lealtad que tantas lecciones nos da a los humanos?

Creo que en los dingoes aún no existía…por lo menos hacia las personas.

La cultura aborigen. No se lo suficiente para hablar de ella. Oí con atención su complicadísima ley de matrimonios, no se pueden casar según colores de piel (que son tonalidades de la misma). Me mostraron un cuadro con flechas. Según tu grupo podías ir en una dirección, no la otra….y desde luego nada más cerca que los primos cuartos o quintos (¡Uy mis padres!).

Tomé en la mano e hice una foto sujetando uno de los palos enormes y pesados que son casi el único instrumento de la mujer para cavar, moler y hacer justicia. Al parecer las suegras, en caso de disputas, pueden usar el palo y azotar las piernas de la pobre culpable.

Vi sus cestas, sus cuencos, sus utensilios finos… y recordé a las muchas culturas repartidas por el mundo descubriendo la forma de hacer útil la naturaleza.

Pero su arte me ha hecho un hueco en el corazón. Trabajan en un estilo que técnicamente se llama “puntillismo”, con la punta de unos pinceles finísimos y a través de millones de esos puntos crean maravillosas constelaciones del alma.

Mi admiración es total.

Nada de lo aquí digo, resume en absoluto la fuerza, la resolución, la grandeza de estas gentes, con quienes he coincido unos días de mi vida. Quiero dejar patente mi respeto.

Y antes de salir hoy a otra ciudad, a otro hotel mandaré esto con cariño.